
Un pecho de plástico y celofán imagina a niños fúnebres con pequeñas bufandas hepáticas, un deambular de pétalo, el vientre de una perra abierto por el falo de esta gran ciudad y un par de ingles leales al suicidio. No es mucho imaginar desde la muerte, cuando la prótesis que nos queda tan solo sirve para morir un poco más, para morder más las alas y para dejarnos golpear por el piano que aun tararea, desde el pubis de cada tecla, nuestro réquiem.
Marian Raméntol, Diciembre 2009
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