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Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna

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13/11/2008
GRACIAS QUIEN QUIERA QUE SEAS

Yo nunca había escrito una historia de amor, pero aquella mañana cuando me desperté y me encontré con una nota al lado de mi almohada no tuve más remedio que sentarme y escribir mis últimos días con Martha, la mujer que aquella noche me había dejado un pedazo papel con unas cuatro palabras que decían ?Gracias quien quiera que seas?. Martha y yo nos habíamos pasado los últimos tres años juntos en una relación que le llamaría intensa en todos los sentidos. La había conocido en una fiesta de cumpleaños de un amigo, que para aquel entonces era mi mejor amigo. En un loft en el bajo Manhattan aquella noche nos habíamos cruzado la mirada. Entre el cristal de mi copa de vino blanco vi su reflejo. En sus ojos descubrí estrellas y luego las divisé en la cama. Su mirada me había penetrado más duro de lo que yo le había podido penetrar a ella con mi sexo esa misma madrugada mientras la luz de la luna entraba y salpicaba mi espalda. Ella me había manejado como ninguna otra mujer lo había hecho en mi vida. Una semana después estaba metida de cabeza en mi vida y ya yo era parte de la de ella. Todo era como un sueño que ni yo mismo nunca había soñado anteriormente. La primera noche que nos habíamos conocido he ido a mi cama se había desaparecido en la madrugada y solo había dejado la nota. Pensé que nunca más la volvería a ver, pero la vida da más sorpresas de lo que uno puede esperar o imaginar. Justamente una semana después la misma mirada que había conocido en la fiesta la había encontrado en el tren A de camino a mi trabajo una mañana. Aproximadamente habían unas cuarenta personas entre medio de nosotros y solo pude darle una sonrisa y un saludo con mi mano. Ella me regreso el saludo igual. Mire a ver por dónde podía hacerme paso entre tanta gente en el tren. Solo un Neoyorquino sabe lo que es ir en el tren a las 8:35 am de camino al trabajo en el Rush Hour. No quería que se me fuese de la vista y movía todo mi cuerpo para que la gorda que estaba frente a mi no me cubriera con el periódico que acostaba de la espalda de un viejo con calva. En cada parada miraba a ver si ella se salía del tren para entonces echarme a correr sobre ella. Y así mismo hice. Cuando ya estaba afuera cruzando la calle le di una palmada en su hombro derecho y la vi asustada con sus ojos grandes sorprendida. En un soplo me enamore tan rápido y fácil tal como un niño comerse un caramelo. Martha tenía un no sé que me enloquecía, esa mujer me volvía loco y sin una idea. Era inteligente y con una capacidad de convencer a cualquiera con tan solo una sonrisa picadora y tímida de su boca. Al principio me sentía muy inseguro al tenerla a mi lado. Nunca me considere un hombre guapo, más bien normal. Siempre me decía a mi mismo que en la fila de los lindos siempre estaba como el más feo y en la fila de los feos siempre estaba como el más lindo. A sí que ella muchas veces me decía lo mucho que yo le gustaba pero por mis dudas estúpidas nunca le creía. Con el tiempo me pude acoplar a la idea que ella era mía, que era mi mujer y yo era su hombre. Las pocas veces que me reunía con mis amigos sentía una tensión constante que no me dejaba respirar tranquilo. Me creía un guardia de seguridad en pleno turno de trabajo. La mínima mirado entre ellos y ella me hacia deslizar una ola de celos que corría por toda mi espina dorsal hasta llegarme al cuello y que terminaba empujándome gotas de sudor que bajaban por mi frente. Trataba de hacerme el distraído porque sabía que era producto de mi inseguridad machista. Pero nada. Una noche después que ya llevamos juntos dos anos, tres meses y seis días me había levantado en medio de la noche sintiendo un vacio al lado en mi cama. Su cuerpo que siempre me calentaba cuando dormía no estaba allí, así que la llame por su nombre en voz alta. Pero no hubo ninguna respuesta. Pocos minutos y me entro una especie de curiosidad y salí de la cama a ver qué hacia Martha. Cuando mis pies tocaron el piso tuve a detenerme por unos segundos por el frio que se sentía allá abajo. De repente vi la cortina de la ventana del cuarto meciéndose y bailando suavemente y me sorprendió al ver que la ventana estaba semi abierta, por ser Abril todavía en Nueva York estaba frio y mucho más cuando tocaba la noche. Fui hacia la sala a ver donde se encontraba Martha. Me detuve debajo del arco de la puerta por unos segundos a mirar hacia la oscuridad de la sala en lo que mis ojos se ajustaban a la falta de luz. La volví a llamar pero sin respuesta alguna. Al rato de buscar por la casa me tropecé con ella en el piso en medio de la sala a oscura. Le pregunte que hacía y me dijo que no había podido pegar un ojo en toda la noche. Salió de su boca una voz extraña casi irreconocible. El timbre de su voz tenía otro tono, otro aire. Parecía estar frente a una persona que no reconocía. Luego de ese incidente fueron números las veces que me encontraba a solas en mi cama en las noches. Al poco tiempo comencé a notar cambios en ella, su forma dulce de ser se cristalizaba poco a poco. Le preguntaba pero ella siempre contestaba de la misma manera, ? el trabajo la tenia desconcentrada? cosa que no le creía. El silencio crecía a un más grande. En el fondo yo sabía que era algo más de lo que ella aparentaba pero para no desanimarla tragaba mi preocupación en y con afonía. Marzo doce y la luna llena, yo sentado en la ventana de mi apartamento mirando hacia fuera. La nieve blanca caía y cubría el negro de la brea en la carretera. De la nada vi a Martha que venía caminando rápido, casi corriendo pero con mucha cautela para no resbalarse al hielo que ya se acumulaba. Cruzo la calle y se detuvo frente a nuestro edificio. Ella no tenía ni idea que yo la contemplaba desde mi ventana. Justo en la escalera la vi mirar los escalones como si estuviera pensando algo. En la postura de su cuerpo vi un miedo que flotaba sobre ella. Antes de dar su primer paso vi su pecho agrandarse por el oxigeno que había tragado. Vivíamos en el tercer piso y no teníamos elevador por eso sentí cada escalón que subía. Cada uno lo llevaba en unisonó con mis latidos del corazón. Cuan se acercaba mas sentía como cada paso que daba era un latido que mi corazón daba y un latido que se multiplicaba cada vez más. Un escalón a un latido mío, Un escalón a dos latidos míos, otro escalón a tres laditos míos y mientras más cerca ella estaba más latidos sentía. En su último escalón ya mi corazón daba cinco latidos y lo sentía como casi se me quería salir por la boca. El aire de mi se me iba, se me vaciaba mi adentro completo. Abrió la puerta y con ella entro un aire frio que se deslizaba por todo el piso. En ese instante supe que ya ella no era ni iba hacer para mí jamás. Recuerdo aquella noche mirar las manecillas del reloj, perseguirlas mientras daban la vuelta una y mil veces. Lo único que supe hacer fue llorar. Nunca había tomado un cigarrillo en la mano, pero ahora me había acabado una cajetilla completa. En la esquina de la calle 4tro recoja una puta que le termine pagándole por tan solo acompañarme y verme llorar. Días y horas largas y tan largas que ni ya importancia le daba al tiempo. Lo dejaba pasar como si fuese nada. Pero aquella tormenta paso sin darme cuenta. Cuando ya menos notaba había pasado lo peor de las nubes negras. Una mañana me levante y vi luz en mi habitación. Por primera vez en meses entraba aquel amarillo a mi cuarto. Había llegado con un esplendor distinto, algo que no había visto en años. La nieve ya se había derretido y la primavera estaba tocando las puertas de la cuidad en el Central Park. Con una nueva temporada quise terminar de escribir mi historia con Marta. No la volví a ver jamás. Desapareció de la misma manera que apareció en mi vida, de repente y sin aviso. Pero ya paso y ya la historia la puedo escribir más fácil, me rio de lo estúpido que fui, de mis lagrimas de niño infantil que derrame por ella. Con el tiempo me di cuenta que la primera historia de amor que plasmaba en un papel era en realidad más bien era una historia de desamor y que ese mismo desamor fue el que me enseñó y me dejo dejar las puertas abiertas para amar una vez más. Fin

- Anónimo -
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