Quedará la historia con sus mitos, sus tiránicas banderas como crisálidas miserables, su vergüenza, su agua de zinc estancada en los espíritus, las especies dormidas o remansadas en un silencio largo con la piel blanca y delatora indiferente al desdén del tiempo, viajeros prendidos de viejos sauces como cíclopes, torrenciales círculos capaces de encerrar las abstracciones más pletóricas, el embalaje donde se protegen los pulsos el desconcierto de una respiración entre almidones, arboledas, calles erráticas, vetustos linajes, asilos, resinas, y la amargura de esta soledad arrumbada entre el violín de los huesos como una póstuma tempestad que nos ata a la dolorosa esperanza de un naufragio. Yo miro bajo la esfera ignífuga de los astros, en la distancia veo luciérnagas enloquecidas que la providencia guarda en gasas de hospital.