A ti, ausente, te dedico este retablo de espaciosos verbos guardado, ya, el pañuelo virginal que certifica que hubo mancha. Te dedico el murmullo, el flujo que arrastra el tinte de los años y te invito a escuchar el campanario después del paso de la sílaba, el tintineo de un anillo apátrida apaciguándose muy lentamente. Te invito a ti a beber la espuma, a recibir el golpe de una gota aunque despeine los metales, a notar el acuífero de la vena y esperar que rebose su latido, a abrir las válvulas aunque haya que forzar las cremalleras y dejar un instante el pulso quieto, retenido en su sístole. Y cuando la burbuja ya te suba observa la erección que se te forma al salir del escote de la siesta. Busca la seda, el cuello, el algodón, la vibración que nace en la madera, la calidez de la resina, busca el círculo, el centro, busca el sudor de la llama, deja que se espacie la cera, que la tormenta venga afónica, retén el vértice del rayo hasta que escupa el sexo de su chispa.