Vida que a mi vienes como demonio o naufragio, ábreme la puerta de los días difíciles y la nieve ajusticiada, asómate al corazón silvestre de mi cuerpo, llaga este puñado de bocas que todo lo manchan, derrámate por estas plantas de criatura terrestre sé mi torbellino de infiernos hazme ingrávido útero de tus partos de hembra anuda a mi cuello tu piedra de castigo, llévame a la hondura donde ruede la eternidad esculpida de la nada, fecunda los cachorros solitarios de mi cautiverio, y arranca, arranca con el embate de fiera este vientre profanado, el cordero aturdido que en mi yace y dame cacería. Muerte que a mi vienes, ensordece los pasos de tus legiones codiciosas ante la tormenta de lo desconocido, oculta el tinte de la piel en que guardas la fugacidad de esa trampa vulnerable de la existencia, aplaza la hora en que se desbordan las corrientes, se intercambian amuletos y alquimias y toda la noche se exhiben estandartes de mudanza adormece el humo del olvido mientras un beso largo de nieve o un húmedo cordel de tierra me abrace bajo el ciprés entristecido de mi jardín.