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Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna

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11/05/2009
VENCEJOS

Ya están lejos los vencejos. Lejos. Ya se han ido. Ayer llenaban el cielo azul de la mañana, azul de cielo que la mar envidia y donde veloces batían las navajas de sus alas. Ya el festivo chirriar de sus gargantas en tropel voló oculto con ellos en los rizos del viento y la sombra del silencio, como oscura nube, cubre la tierra abandonada, sola y sin tiempo. ¿Quién tan fuerte les llamó?, ¿qué promesas creyeron? Se fueron al alba dejando equipaje y cielo con los ojos aun cerrados en el sol puestos, que les marcó el camino, siempre camino viejo. Atrás quedan yertos los alares y los nidos con sábanas de plumas en el lecho aun tibio, la altiva torre centeneria que les vigila y los agotados campos que doró el estío. El silencio llega hoy con el nuevo otoño, silencio que no desgarra el caer de la hoja ni el viento que la alza y la hace mariposa y ni siquiera el dolor que en la muerte se aloja. Llueve. Del cielo gris la lluvia arrastra el silencio que cae en gotas prietas de vacío y soledad. El agua choca y se desliza por el tejado y ellas buscan calor para decidirse a estallar. Lascas de diáfana metralla alcanzan al alma que con sus ojos mira a través de los cristales el anodino mundo exterior distorsionado por el agua que discurre en ríos verticales. Añora la luz en el cielo y el loco vuelo de los que en su locura volaron confiados y envidia la fe en su premeditada osadía que los eleva sobre los riscos del pasado. Y en la oscuridad de la mañana un pensamiento. ¡Quién pudiera, sin ser, ser ave como el vencejo! ¡Quién como el que vive osado sin pisar el suelo! ...para volar tan alto, para volar tan lejos.

- Anónimo -
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