Juzgo cada gesto de este cosmos que no alcanza a ser más que un criadero de larvas y cartílagos, pero es la regla intemporal de su fugacidad celeste la que juzga, advierto su matriz veo su mueca de burla su virtud disfrazada, amo en su cuerpo, monto en su aullido, mendigo en su pelaje, y todo él ruge como un reptil bífido y decrépito pero también acecha desde su órbita fetal, desde su lecho incalculable, con su corazón de bestia contumaz y predadora y tiene la incertidumbre de cuándo hundirse ese cuchillo antes de que un dios sin consuelo apague la luz insultante de su ojo ingrávido.