Justo al borde del cielo aparecen siluetas en columpio, justo en el precipicio donde el abismo es un espejo, lámina en su deriva, un cristalino. Los pies colgando y como en abalorio insertada la piedra, el miedo al aparente, ya olvidado el collar de las respuestas en el sedal del eco, diseñada espera de un recuerdo antepasado, mas no encontrar la flor, ni el diamante, sólo un arpegio de ángeles ya muertos, algo de polvo de libélula en la lengua y algunas letras que acomodan su luz en yacimiento, sólo un camino entretenido en el vacío, el contrapeso de la duda donde la lucidez espera derretida en su cera, justo fuera del marco, más atrás de la esquina de su sombra. En la frente se posa un copo y un viento migratorio trae preguntas que anidan en las vueltas del rosario, algún verso en su orilla pero ningún espacio decidido, ningún momento de verdad. Justo en el borde se ven caer los gritos de algunos dioses descubiertos, la soga, la respuesta, que destapona los oídos, que deja ver las momias, su sexo, desde la rendija de la erosión de sus pirámides.