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Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna

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06/10/2008
Descafeinado con leche, por favor

Me gusta este bar café, con sus rincones acogedores, en alguno de ellos, junto a la ventana, me siento a disfrutar de un buen descafeinado con leche, y a deleitar mis oídos con la variada música de tres décadas. Me abstraigo con los reflejos que las luces navideñas van dejando sobre el asfalto mojado de la calle. Mientras que yo reflexiono sobre mis pensamientos mirando a través de los cristales empañados, mi padre agoniza esperando a que La parca corte el hilo que lo une a este lado de la vida. Debo asumir la pérdida de ser tan querido, a pesar de los pesares. Como el descafeinado, que me ha servido la agradable camarera, se ha agotado, decido pedir un Gin Tonic para masajear mi castigado estómago, alterado por la intuición de los futuros acontecimientos: velatorio y entierro de mi padre. No debería magnificar la muerte de mi progenitor, pues el magnicidio es solamente digno de altos mandatarios, y mi padre ni fue gran mandatario, ni ha sido asesinado, a no ser que a Alzheimer se le considere un homicida. Me vuelvo a abstraer sacado de mi limbo reflexivo por la inconfundible voz de Bon Jovi, que interpreta una de sus populares baladas; la melodía me ha sacado de las cavilaciones como ya he dicho, y como si me hubiera dado un puñetazo me ha sentado, de golpe, en un rincón del alma (no sé si el alma tendrá rincones), pero al menos aquí puedo mirar las luces navideñas que en la calle siguen poniendo su toque de magia y de noche trasnochada. Y, sí, mi padre languidece, aunque ya hace tiempo que dejó de ser persona, que dejó de ser autosuficiente para convertirse en una criatura que vegeta en espera de que Átropos corte el hilo con su tijera de oro. En fin, que por fin llueve, llueve, y la lluvia empaña los cristales. Pienso sin saber a qué atenerme. No quiero velar las últimas horas del que, en la mayor parte de mi vida, se dedicó a menospreciar mis aptitudes, cuando no a humillarme en presencia de otros. Pero debo perdonarlo, ahora, para siempre, no puedo guardarle rencor; debo dejarle marchar en paz. Miro desde la ventana de éste entrañable café (que para colmo de Sabina, se llama el Café de la esquina), hacia la calle donde las luces se reflejan sobre el suelo mojado porque llueve, al fin llueve, sobre mi alma llueve, sobre mi corazón llueve, sobre las hojas caídas llueve, y en mis ojos llueve, al fin llueve. salvador moreno valencia©

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