La mesa era un rectángulo áureo, una ventana de aparejador estirada, una "sabia manera de remenar". En el ancho cabían tres personas; en el largo, cuatro. Propiciaba aquello que está tan bien: la comunidad nacional, la Volkgemeinschaft, entorno a una única protagonista: Ella; ante la cual poco importaban edades, creencias religiosas e ideologías políticas (todas invento del hombre), pues todos eran, no por igual, pero sí partícipes. La camarera era nacida en Mahón, la carne tenía jengibre y el chimichurri enjuagaba el hueso más duro de roer. Enfrente El Cuadro. Panorámico. Aquél de dioses y hombres que no aparecían, advenedizos de la lucha entre lo alto y lo bajo, protagonistas del robo de un fuego que ya nunca sería como fue. Y El Cuadro era una ventana que transportaba en el tiempo a un lejano lugar, bajo el sol y bajo la noche, donde la tabla rasa se dibujaba como un mar... ¿infinito? La Inmensidad se diferencia del Infinito en el tamaño de lo indeterminado. Y mar y tiempo, ambos, por igual, eran infinitos. Pero el mar era, además, inmenso. Inmenso o no, el caso es que los dos no eran sino una ilusión ante la cual se anteponía la verdadera Protagonista. La silenciosa y ruidosa. La virgen meretriz. La matriz de la concupiscencia. El padre levantó al niño, lo irguió sobre la silla y le dijo: Eso que ves ante ti, hijo, es La Fiesta.