A SAMPEDRO, PRESO DE SU CUERPO Y DE LA SOCIEDAD EN EL DÍA DE SU MUERTE. El hombre quiso vivir. Como un animal. Alumbró la luz de su inteligencia y se admiró. Y pensó, sin desear la muerte. Para sus males pidió un dios sanador, de luz o truenos, de piedra o fuego, de sol o luna. Hallólo de mil formas y de mil formas sus ministros, que salud y felicidad prometían. Ley y normas, iglesias y santones medraron amenazadores como sierpes. Hasta que la asfixia opresora lastró con la carne su intelecto libre. Y preso quedó en su jaula de libertad. Libertad, palabras. Evocó a los dioses, sólo y sin justicia. Quiso morir. Y no pudo.